
Alguna vez te has detenido en medio de tu rutina diaria y te has preguntado: «¿Para qué estoy realmente aquí?» No estás solo. Esta pregunta ha perseguido a la humanidad desde tiempos inmemoriales. Filósofos, pensadores y buscadores de todo tipo han intentado encontrar la respuesta en la razón, en las experiencias placenteras, en el poder o en el éxito. Sin embargo, todas estas respuestas terminan siendo tan efímeras como la niebla matutina.
Existe, sin embargo, una respuesta que ha resistido la prueba del tiempo. Una respuesta tan profunda que transforma completamente nuestra forma de vivir. Esta respuesta proviene del Catecismo Menor de Westminster, que plantea: «¿Cuál es el fin principal del hombre?» Y responde con una claridad asombrosa: «El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre».
Una verdad que transforma vidas
Hay una historia fascinante sobre un oficial del ejército estadounidense que presenció un violento disturbio. En medio del caos, notó a un hombre que caminaba con una calma y firmeza extraordinarias. Tan impresionado quedó que ambos se giraron para mirarse. El extraño regresó, le tocó el pecho y le preguntó sin rodeos: «¿Cuál es el fin principal del hombre?». Al escuchar la respuesta correcta del catecismo, exclamó: «¡Ah! ¡Sabía por tu aspecto que eras un muchacho del Catecismo Menor!».
Esta anécdota ilustra algo poderoso: cuando esta verdad se arraiga profundamente en nosotros, no solo cambia nuestra mentalidad, sino que se refleja en nuestra actitud, en nuestro semblante y en cada aspecto de nuestra vida.
El fundamento bíblico: más allá de lo ordinario
El apóstol Pablo nos ofrece un principio revolucionario en 1 Corintios 10:31: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios».
Este versículo surge en medio de un debate práctico en la iglesia de Corinto sobre si era apropiado comer carne que había sido sacrificada a ídolos. Pablo eleva la discusión de lo meramente permitido a lo eternamente significativo. Al mencionar acciones tan cotidianas como comer y beber, está diciéndonos algo radical: no existe un solo aspecto de nuestra vida que escape a este propósito divino.
Desde el desayuno que tomamos hasta el trabajo que realizamos, desde nuestro tiempo de descanso hasta nuestros momentos de adoración, absolutamente todo debe orientarse hacia un mismo norte: la gloria de Dios.
La condición humana: adoradores por diseño
Aquí hay una verdad incómoda pero esencial: todos los seres humanos somos religiosos por naturaleza. No existe la neutralidad espiritual. Como señala Romanos 1:21, la humanidad «habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias». El resultado fue devastador: adoraron la creación en lugar del Creador.
El ser humano fue diseñado como un adorador. La pregunta nunca es «si» adoramos, sino «a quién» adoramos. Nuestra relación con Dios es ineludible porque somos creados a Su imagen. La única variable es el tipo de relación que mantenemos: ¿una de comunión y paz, o una de rebelión y enemistad?
¿Qué significa realmente glorificar a Dios?
Es importante aclarar un malentendido común: no podemos añadir nada a la gloria esencial de Dios. Él es infinitamente glorioso en sí mismo. Glorificar a Dios no es engrandecerlo (como si necesitara ser más grande), sino manifestar y declarar la gloria que ya le pertenece.
Esta glorificación involucra todo nuestro ser:
Con nuestra mente: Mantener a Dios en la más alta estima, admirar Sus atributos y exaltarlo por encima de todo.
Con nuestro espíritu: Rendirle adoración genuina, en espíritu y verdad, tal como Él lo ha ordenado en Su Palabra.
Con nuestra voluntad: Obedecer Sus mandamientos con gozo, no como una carga pesada, sino como la respuesta natural del amor filial.
Con nuestra vida: Vivir de manera santa, siendo luz en medio de la oscuridad, para que otros vean nuestras acciones y glorifiquen a nuestro Padre celestial.
El gozo inseparable: deber y deleite unidos
El Catecismo no solo habla de glorificar a Dios, sino también de «gozar de Él para siempre». Estos no son dos fines separados; el segundo es el fruto natural del primero. La santidad precede a la felicidad, pero ambas están intrínsecamente conectadas.
Este gozo se experimenta en dos dimensiones:
En esta vida: Lo experimentamos de manera imperfecta pero real. En la lectura de las Escrituras escuchamos Su voz; en la oración tenemos comunión íntima con Él; en la adoración comunitaria nuestro corazón arde dentro de nosotros. Cada uno de estos momentos es un anticipo del cielo.
En la eternidad: Lo gozaremos perfecta y completamente. Esta es la bienaventuranza suprema, estar «siempre con el Señor», donde en Su presencia hay plenitud de gozo y delicias eternas.
Llevando esta verdad a la práctica
Entonces, ¿cómo se traduce esta sublime doctrina en nuestra vida diaria?
En lo personal y cotidiano:
- Motivos puros: No buscar nuestra propia gloria o el aplauso de los demás, sino agradar a nuestro Padre celestial en cada acción.
- Contentamiento genuino: Reconocer que Dios nos ha puesto en nuestra situación actual por Su sabia providencia. Un corazón contento glorifica la sabiduría divina.
- Vida teocéntrica: Dejar de vivir para nosotros mismos y comenzar a vivir para Aquel que nos creó y redimió.
- Alegría contagiosa: Servir a Dios con gozo demuestra que no servimos a un tirano, sino a un Padre amoroso.
En nuestra espiritualidad:
- Fe activa: Creer firmemente en Sus promesas, porque la fe glorifica Su veracidad, mientras que la incredulidad lo deshonra.
- Confesión sincera: Reconocer nuestros pecados vindica la justicia y santidad de Dios.
- Oración ferviente: Depender completamente de Su poder glorifica Su omnipotencia.
- Estudio profundo: Sumergirnos en las Escrituras para conocer Su voluntad es honrarlo como nuestro Maestro supremo.
En comunidad y misión:
- Fructificar en buenas obras: No para ganar el favor divino, sino como expresión natural de la gracia recibida.
- Atraer a otros a Cristo: Ser «diamantes» que brillan con la gracia de Dios y «imanes» que atraen a otros hacia Él.
- Defender la verdad: Proteger y proclamar las verdades de Dios con amor y valentía.
- Disposición al sufrimiento: Los mártires, a lo largo de la historia, han hecho brillar la gloria de Dios de manera que el mundo no puede ignorar.
El único camino de regreso
Aquí está el dilema: por causa del pecado, todos hemos fallado en cumplir nuestro propósito. Hemos cambiado la gloria del Dios incorruptible por nuestra propia vanagloria. Hemos vivido para acumular riquezas temporales, para satisfacer placeres momentáneos o para buscar el reconocimiento humano. Todo esto es, en palabras bíblicas, «correr tras el viento».
Pero hay esperanza. El Evangelio nos presenta a Jesucristo, el único hombre que vivió cada segundo de Su vida para la perfecta gloria del Padre. Él es nuestro camino de regreso al propósito original. Por la fe en Él, nuestros pecados de egocentrismo son perdonados. Por la obra del Espíritu Santo, nuestros corazones son renovados para desear vivir para Dios en lugar de para nosotros mismos.
En Cristo, el deber de glorificar a Dios se transforma en nuestro mayor deleite.
Una invitación a vivir con propósito
Detente por un momento y pregúntate: ¿Cuál es realmente el propósito que guía tu vida? ¿Estás invirtiendo tus días en cosas que desaparecerán, o en aquello que es eterno?
El fin para el que fuimos creados es infinitamente más alto, más noble y más satisfactorio que cualquier búsqueda mundana. Es vivir para la gloria de Aquel que nos creó, nos sustenta y nos redimió.
Como escribió el apóstol Pablo: «Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia». En Cristo, la glorificación de Dios y nuestro gozo eterno se encuentran en perfecta armonía. No es un sacrificio renunciar a todo por Él; es el descubrimiento del tesoro por el cual vale la pena venderlo todo.
Esta es la respuesta más profunda a la pregunta fundamental de la existencia. No la encontramos en los sistemas filosóficos elaborados ni en las búsquedas de autorrealización, sino en una verdad simple pero transformadora: existimos para glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.
Y cuando esta verdad se arraiga en lo más profundo de nuestro ser, todo cambia. Nuestra perspectiva, nuestras prioridades, nuestras pasiones, todo se alinea hacia este propósito glorioso y satisfactorio.
¿Qué te parece esta respuesta a la pregunta más importante de la vida? ¿Estás viviendo para tu verdadero propósito?
Sobre este artículo:
Este artículo está basado en el sermón «El Fin Principal: Vivir para la Gloria de Dios – 1 Corintios 10:31″ predicado por el pastor Cristian Vila en la Iglesia Presbiteriana Reformada Gracia Soberana, Bolivia, el 1 de noviembre de 2025.