De las ruinas de Adán a la esperanza en Cristo

La Biblia declara una verdad tan incómoda como necesaria: nacemos rotos, culpables y espiritualmente muertos, pero también nos abre la puerta a una esperanza tan grande que transforma toda la vida.​

Una humanidad representada por dos hombres

El apóstol Pablo resume el drama de la historia humana en una sola frase: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19). Aquí no se habla solo de decisiones personales, sino de dos cabezas representativas: Adán y Cristo.​

Adán es presentado como una especie de fuente envenenada: cuando él pecó, el veneno del pecado contaminó a toda su descendencia. Cada gota que fluye de ese manantial está marcada por la misma corrupción, de modo que nacemos no solo con las manos vacías, sino con una deuda que jamás podríamos pagar.​

Pablo explica esta realidad con claridad: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). No se trata simplemente de imitación, sino de participación legal en la caída de Adán: cuando él cayó, caímos en él.​

Antes de hablar de sentimientos, la Escritura habla de tribunal. La culpabilidad, en lenguaje bíblico y teológico, no es solo remordimiento; es estar legalmente sujeto al castigo de un Dios santo. Tener la culpabilidad del pecado de Adán significa que la justicia de Dios nos considera responsables de esa transgresión y, por ello, merecedores de la pena que Su ley exige.​

Romanos 5:18 lo dice sin rodeos: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres…”. No somos condenados porque primero nos volvemos malos; nacemos ya bajo condenación, y esa es precisamente la razón por la que nacemos corruptos. Dios no habría retirado Su Espíritu ni nos dejaría venir al mundo espiritualmente muertos si no existiera una base legal previa que justificara ese castigo.​

Esta verdad derriba cualquier intento de auto-justificación. No nacemos neutrales, “a ver qué elegimos”; nacemos ya inclinados, ya declarados culpables, ya necesitados de gracia. Por eso Romanos 3:19 dice que la ley “cierra toda boca” y nos deja sin argumentos delante del tribunal de Dios.​

La ruina interior: un corazón sin vida

La caída no solo nos colocó bajo un veredicto de condena; también nos dejó interiormente arruinados. El Catecismo Menor describe este estado como “falta de rectitud original y depravación de toda nuestra naturaleza”.​

  1. Falta de rectitud original
    Dios hizo al hombre recto, con Su ley escrita en el corazón y una disposición natural a hacer el bien. Pero al romper el pacto, el ser humano perdió aquella rectitud, aquel amor santo, aquella comunión viva con Dios. La Escritura lo describe así: “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios” (Romanos 3:10–11).​
  2. Depravación de toda la naturaleza
    Esta corrupción no significa que seamos tan malos como podríamos llegar a ser, sino que el pecado ha tocado cada facultad del ser: entendimiento, voluntad, afectos, imaginación, cuerpo.​
  • El entendimiento está oscurecido: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:14).​
  • La voluntad es rebelde: “No se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7).​
  • El corazón es engañoso y perverso (Jeremías 17:9).​
  • Desde la juventud “todo designio de los pensamientos del corazón… era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5).​

Por eso la Biblia no nos presenta como enfermos leves que necesitan un ajuste moral, sino como muertos en delitos y pecados (Efesios 2:1). No basta cambiar hábitos; hace falta un nuevo corazón, un nuevo nacimiento: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).​

El fruto amargo: pecados que brotan de dentro

Si la raíz está infectada, el fruto no puede ser sano. Las “transgresiones actuales” —los pecados que cometemos en pensamiento, palabra y obra— son el desbordamiento natural de un corazón corrupto. No pecamos y entonces nos volvemos pecadores; pecamos porque ya somos pecadores.​

Jesús lo deja claro: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios…” (Marcos 7:21). Santiago describe el proceso: la concupiscencia atrae y seduce, concibe, da a luz el pecado y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte (Santiago 1:14–15). El pecado no es un accidente aislado; es el hijo monstruoso de un corazón caído y una tentación aprovechada.​

Y el alcance es total:

  • Pecamos en pensamientos, cuando la imaginación se entrega a lo prohibido.​
  • Pecamos con palabras, cuando la lengua se descontrola, “llena de veneno mortal” (Santiago 3:8).​
  • Pecamos con obras, tanto por hacer lo que Dios prohíbe como por omitir lo que Dios manda.​

Esta realidad destruye cualquier perfeccionismo espiritual. Aun como creyentes, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos (1 Juan 1:8). Pero también nos impulsa a correr continuamente a la cruz, sabiendo que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).​

La esperanza del Segundo Adán y tu respuesta hoy

Aquí es donde el Evangelio se vuelve glorioso: el mismo principio de representación que nos condena en Adán es el que nos salva en Cristo. Si Dios imputó justamente el pecado de uno a muchos, también puede imputar justamente la justicia de Uno a muchos.​

Romanos 5:19 completa la frase: “Así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos”. En la cruz, Cristo cargó con la culpa de los suyos como Cabeza federal, como nuevo Representante de una humanidad renovada. En la resurrección se revela como “Espíritu vivificante” (1 Corintios 15:22,45), capaz de dar vida donde solo hay muerte.​

Esto significa que:

  • No eres salvo por tu obediencia, así como no fuiste condenado inicialmente por tu primer pecado personal, sino por la obra de tu representante.​
  • Cuando Satanás te acusa, tu esperanza no está en tu desempeño espiritual, sino en la justicia perfecta de Cristo imputada a tu cuenta.​

Y ahora, ¿cómo responder?

  1. Reconoce tu verdadera condición
    No maquilles el diagnóstico. Confiesa no solo lo que haces, sino lo que eres sin Cristo: “He aquí, en maldad he sido formado” (Salmo 51:5). Pídele al Señor que te dé un corazón quebrantado, no una excusa refinada.​
  2. Corre a Cristo en fe
    No permanezcas en las ruinas del primer Adán. Cree de corazón que Jesús, el Postrer Adán, vivió la vida perfecta que tú no podías vivir y murió la muerte que tú merecías. Acércate a Él hoy en oración sencilla pero sincera: pídele perdón, entrégale tu vida, confiesa que Él es tu Señor y Salvador.​
  3. Vive cada día aferrado a la gracia
  • Si ya eres creyente, no dejes de pelear contra el pecado en la raíz, en el corazón.​
  • Vigila tus pensamientos, palabras y obras, y cuando caigas, corre de nuevo a la cruz en vez de esconderte.​
  • Ora como David: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10).​

Hoy mismo, allí donde estás, responde a esta verdad.​

  • Si reconoces que estás lejos de Dios, clama por el indulto del Evangelio: pídele a Cristo que sea tu Representante, tu Justicia, tu Vida.​
  • Si ya conoces al Señor, humíllate de nuevo ante Él, renueva tu arrepentimiento y tu fe, y decide no tolerar el pecado “pequeño” en tu corazón.​
  • Busca una iglesia donde se predique fielmente la Palabra, comparte esta verdad con otros y vive como testigo de que, aunque la lepra de Adán nos marcó, la gracia del Segundo Adán es más poderosa que nuestra ruina.​

No te quedes en la teoría. Hoy es un día perfecto para arrodillarte, abrir tu Biblia en Romanos 5 y decir: “Señor, ya no quiero seguir en Adán; por tu gracia, quiero vivir unido a Cristo”.​

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